Llevo varios años escribiendo. Tipeando y redactando, uniendo segmentos y pausas, dando color a los silencios. Con tópicos variados; sucesos y situaciones, personas y personajes. Hilando ideas, si usted es bondadoso diría que analizando, si no lo es, chusmeando. Uniendo cabos sueltos y destacando lo que considero a otros puede ser de utilidad, pero dejando de lado otro punto, el propio.
Redactar es sencillo, tiene una fórmula y un ritmo, y si bien los elementos pueden cambiar o alterarse de manera a convertir un texto de un modo más creativo, no tiene muchas vueltas ni rarezas. Hay esquemas.
Creo que es como la vida. Donde reina un orden establecido y los valores no alteran el resultado final usualmente. Se nace, se crece, se muere. Se planta un árbol, se lee un libro, se tiene un hijo.
A pedido o por motu proprio, a lo largo de casi media década en el periodismo, me he aferrado a elementos genuinos y distintivos de la profesión. Entre ellos; hacer algo que sea “entendible” para todo el mundo.
El problema aflora al momento en que uno se percata de quizás ese no sea el mejor modelo. Sería de necios negar su válidez. Es respetable y hasta de uso predecible, pero no necesariamente exitoso.
A fin de cuentas, ¿Qué es el éxito? ¿Cumplir con un cometido establecido o disfrutar al menos el intento? A pesar de lo que digan las reglas, me jugaría por la segunda opción.
Dejo de suponer y deduzco en base a la experiencia que la vida está llena de vueltas y enredos. No es gran cosa el descubrimiento, pero creo que lo motivamente, acorde a la enseñanza popular, es en la mayoría de los casos, superar los obstáculos y luego destacar las proezas a la descendencia.
“Ese es el sentido de la vida”, dijo él.
“Relativo”, repliqué.
Dentro de nuestra imperceptible y patética existencia terrenal, somos minúsculos organismos vagando y agotando recursos, que por lo general tropiezan una y mil veces. Y como diría un filósofo degustador de tragos de mi barrio, ”Y así nomás es”.
Es cierto. Y quizás sea un gran momento, para reestablecer metas y objetivos. Para admitir errores y fracasos. Para culparnos y curarnos. Francamente son esos pequeños fragmentos de tiempo vergonzantes los que encaminan nuestra permanencia. ¿A quién mentimos? Al olvidarlos, sencillamente a nosotros mismos.
Es casi contradictorio que un texto que pretende transmitir la idea de que adornar la vida con buenos ratos es imprescindible, no tenga palabras deslumbrantes.
Sucede que es parte del juego, ver que no se necesita exhuberancia y pomposidad, para admirar lo que se tiene. Para apreciar el fondo y no la forma.
No se necesita mucho para disfrutar y valorar. El día. La vida. Nadie te obliga a lo que no te hace falta.
Carpe diem.
Eso nomás quería decir.