La brisa cambiaba, el sudor dejaba de recorrer su frente o desplazarse por su nuca a gran velocidad. El sol, casi avergonzado, se ocultaba sabiendo que ella se pondría tan bella como las leyes universales lo permitían durante aquellos hostiles tiempos de conflagración.
Fina, elegante. Pelo recogido, mirada clara y eterna. Sin parpadeo alguno que permita admirar a profundidad su rostro levemente maquillado. Ese rostro que a tantos había enamorado, pero solo a uno correspondido.
Allí aguardaba, sentada en una rústica butaca, ante la inmensidad del campo, sin nada a su alrededor más que el ensordecedor silencio del atardecer.
El proceso ya era repetido, pero no afectaba sus esperanzas. El paso del tiempo era solo una anécdota. Las estaciones habían ido y vuelto en dos ocasiones, pero su imagen era aún firme, su semblante permanecía intacto.
Transcurrían los años, sin noticias, sin retorno. Hasta que por un segundo, suspiró.
La urbanización trajo ruido, barullo, pero no provocó cambios en su aspecto. Alguna vez volvería y la debería encontrar de tal forma. Ni los continuos rumores sobre su conducta casi senil la hacían claudicar en sus intenciones.
Aún con lluvia, aún enferma, aún con frío, aún así esperaría, esa y todas las demás tardes.
Los vecinos la vieron envejecer. Aquellos niños convertidos en fieros hombres la intentaban convencer de que volviera a su pobre morada ya en su convalecencia.
“Ya no nos recuerda, hemos cambiado mucho de cuando eramos pequeños, de aquella última vez que nos dirigió la mirada”, recordó uno.
No era cierto, ella no los hubiera identificado igual. La única vez que los miró de niños era porque aquel varón traía puesta una camiseta muy parecida a la del ausente al momento de su partida. Los rostros eran simples garabatos. Un pedazo de piel sin facciones ni expresiones.
Un trueno de una tormenta cercana, le generó una sensación que hacía demasiado no percibía. Era temor, el susto que obligaba al corazón a bombear la sangre más rápidamente. Hacía tanto que latía, pero décadas atrás dejó de sentir.
Un infarto le dirán hoy día. Muerte natural decían en aquel entonces.
Logró girar su vetusto rostro levemente a la izquierda, donde aquel niño ya crecido, que intentaba tomarle la mano y le imploraba vuelva a su hogar. Ese hombre tenía aquella misma camiseta, apretada pero igual, la misma vestimenta.
Por un último momento, la lúcidez pareció apoderarse de ella, un trazo divino dibujó el rostro de quien había partido hace tanto tiempo. Allí estaba, era él, con su misma ropa, con su misma sonrisa, con su misma esencia de alma.
Por segunda y última vez en su vida, suspiró de nuevo y cerró los ojos. Descansó, eternamente, con el deber cumplido, de haber aguardado toda su vida a quien se lo había prometido.
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Es mi forma más cursi de desearle cumpleaños a la mujer más importante en mis días.
La que sé me esperará si me tocase alguna vez partir a un campo de batalla. Feliz cumpleaños
@nadcorar